Estas aquí¿Un monumento a cinco mujeres trabajadoras del sexo en la plaza del pueblo?

¿Un monumento a cinco mujeres trabajadoras del sexo en la plaza del pueblo?


Publicado el 13 Abril 2010

Por Miguel Juan Granero para Mercosur Noticias
Suena transgresor y atractivo, pero una estatua a las meretrices rebeldes podría ser realidad muy pronto en San Julián: algunos estudiantes y vecinos proyectan la obra en homenaje a las pupilas del prostíbulo La Catalana.
No sería claro, en agradecimiento a los servicios prestados, sino un reconocimiento a su dignidad.

La que esgrimieron en febrero de 1922 cuando echaron del burdel a los militares fusiladores que acababan de asesinar a más de un millar y medio de jornaleros huelguistas que defendían sus derechos.
Al despuntar el siglo XX La Catalana abrió sus puertas en este pueblo ubicado en la provincia de Santa Cruz. Estos territorios del fin del mundo habían sido arrebatados a sangre y fuego a los aborígenes nativos y se habían convertido en propiedad de un puñado de latifundistas ingleses, escoceses y españoles.
La mayoría criaba rebaños de ovejas bajo la protección del Imperio Británico, y producía lana que enviaba a la metrópoli.
"Durante el primer cuarto de siglo se desarrolló una lucha sin cuartel, cuyo resultado fue la concentración de la propiedad en muy pocas manos: 2108 leguas del territorio pertenecen a 439 propietarios, de los cuales 36 poseen 1164 leguas, o sea el 55% del total", informaba al Departamento de Estado la embajada estadounidense en Buenos Aires, el 28 de enero de 1922.
Hasta 1919 el dinero corrió en abundancia en el Territorio de Santa Cruz; pero la prosperidad que trajo la primera guerra mundial se acabó con ella.
Los precios de la lana fueron artificialmente altos durante la contienda, estimulando así el crecimiento de la producción para proveer a los ejércitos. El final del conflicto acarreó la paralización de las compras y un abrupto descenso en el valor de la lana. Esta depresión el productor la trasladó, como siempre sucede, al bolsillo de los trabajadores.
Entonces los peones de campo, en su mayoría chilenos y europeos más algunos argentinos, se alzaron en protestas.
Las demandas laborales eran simples: pago de salario en metálico y no con bonos; un paquete mensual de velas, para iluminar el barracón por las noches, y un catre para cada trabajador; no más de cuatro obreros por habitación; botiquines con instrucciones en castellano y no en inglés y menú más variado que la carne de cordero como plato único, entre otras exigencias.
La negativa de los productores a oír aquel petitorio desencadenó en 1921 una primera huelga masiva, dirigida por los anarquistas llegados de Europa, entre ellos el gallego Antonio Soto Canalejo, de El Ferrol.
El movimiento social arribó a un acuerdo con la patronal Sociedad Rural de Santa Cruz, dirigida por el español Ibón Noya, a su vez presidente de la ultraderechista Liga Patriótica Argentina, pero tras el incumplimiento del pacto volvió la huelga general al ámbito rural.
Así que la legación de Su Majestad imperial en Buenos Aires, inquieta por el cariz que tomaba la revuelta, preguntó a las autoridades argentinas qué planeaban hacer para salvaguardar de forma eficaz los intereses británicos. La mejor idea del presidente Hipólito Yrigoyen fue enviar al X Regimiento del Ejército que se desplazó al mando del teniente coronel Benigno Varela, quien ordenó la caza y fusilamiento de los huelguistas.
Unos 1.500 trabajadores (excepto Soto que se fugó a caballo a Chile acompañado de cinco huelguistas) cayeron muertos bajo las balas del ejército y fueron enterrados en fosas colectivas y anónimas que, ellos mismos e indefensos fueron obligados a cavar.
El más grande de esos osarios está dentro de Estancia La Anita, que entonces era propiedad del asturiano José Menéndez. Otro en Estancia San José, el lugar donde asesinaron a Albino Arguelles junto a más de setenta compañeros.
Cercano a la localidad de Gobernador Gregores está situado el Cañadón de los muertos donde se estima están enterrados ciento ochenta obreros. En cada lugar, en cada establecimiento en el que eran capturados, existe una fosa común.
No existió piedad de parte de los soldados de Varela. La deuda que mantenían los patrones con los trabajadores asesinados y deportados, que nunca pagaron, se estima en diez millones de kilos de lana. Esa forma de quedarse con lo ajeno bien valía una matanza.
La masacre de obreros rurales en Santa Cruz no fue una aventura autoritaria, un trágico error, ni un exceso. Es la manifestación objetiva de que cuando la lucha de clases trasciende ciertos planos (aunque sus protagonistas no tengan conciencia clara de ello), las instituciones -gobierno, ejército, policía, justicia, asociaciones patronales- trasgreden la formalidad de sus propias leyes acudiendo a la violencia para preservar las bases mismas del sistema.
Aquella orgía de sangre saltó a la luz medio siglo más tarde, en 1974, merced al trabajo del historiador Osvaldo Bayer, que viajó a través de la estepa austral recolectando datos y finalmente publicó cinco tomos de su obra Los vengadores de la Patagonia Trágica.
Para el epílogo del tomo dos de esa tarea monumental, se reservó el caso de La Catalana. "Como fusilar había sido un oficio agotador, llegó el momento del descanso. Varela no era nada zonzo y el 17 de febrero de 1922 autorizó a sus hombres a ir al prostíbulo de San Julián mientras aguardaban el barco que los transportara a Buenos Aires¨, rememora en una entrevista. La única derrota de los vencedores es el título del último capítulo del libro y allí Bayer cuenta: ¨Se avisó a Paulina Rivera, dueña de la casa de tolerancia La Catalana, de que iban a ir los soldados. Pero cuando éstos se acercan al lupanar la dueña les dice que las cinco putas se niegan a brindar sus servicios. Ellos lo toman como un insulto al uniforme de la Patria. Conversan entre ellos, se animan y a la fuerza tratan de meterse dentro. Pero salen las cinco pupilas con escobas y palos y los enfrentan al grito de ¨asesinos¨, ¨porquerías¨ y ¨con asesinos no nos acostamos¨. El alboroto es grande. Los soldados hacen gestos de sacar la charrasca pero retroceden y cruzan a la acera de enfrente. También les gritan ¨cabrones malparidos¨ y -según el posterior parte policial- ¨otros insultos obscenos propios de mujerzuelas¨.
Aquel quinteto de rameras que tuvo el coraje de cerrar sus piernas como gesto de rebelión, estaba conformado por María Juliache, española, soltera, de 28 años; Ángela Fortunato, argentina, casada, 31; Consuelo García, soltera, argentina, 29; Amelia Rodríguez, argentina, soltera, 26; y Maud Foster, inglesa, soltera, 31, y ¨de buena familia¨, según consta en el acta de la comisaría de San Julián, a la que las cinco fueron a parar.
Ni siquiera los músicos del prostíbulo se salvaron de marchar al encierro: Hipólito Arregui; Leopoldo Napolitano y Juan Acatto, pero enseguida recuperaron su libertad pues reprobaron la actitud de sus compañeras de tareas.
¨Las metieron a todas juntas en un calabozo pequeño, con espacio para un solo detenido. Les pegaron y arrojaron agua fría. Después les prohibieron ejercer su oficio y les negaron la libreta sanitaria. Así que al tiempo, tres de ellas se marcharon a Viedma (norte) y dos a Ushuaia (sur). Tuvieron que cambiarse los nombres para borrar su pasado y evitar que la Policía las siguiera molestando¨, cuenta Bayer.
Sin embargo, 30 años después la inglesa Foster regresó a San Julián y, ya señora mayor, volvió a La Catalana como madama.
Al historiador no le quedan dudas de que en la reconstrucción del episodio de La Catalana contó con fuentes de primera mano: ¨Además del acta policial, todo lo que sé me lo contaron dos viejitos de San Julián que vinieron a verme. Conocían el caso con pelos y señales. Después de que hablamos, caí en la cuenta de que sabían tanto porque habían sido clientes del prostíbulo. Se lo comenté y reaccionaron asustados: ¨Por favor, señor, no nos vaya a mencionar¨. Yo me comprometí a no revelar sus nombres¨
A Bayer la investigación de las matanzas de trabajadores rurales por el Ejército argentino le marcó la vida. En los años 70, el gobierno de la presidenta María Estela Martínez viuda de Perón y la dictadura militar que le siguió prohibieron la película La Patagonia Rebelde, ganadora del Oso de Plata de Berlín en 1974, y quemaron todos los ejemplares de sus libros. Por eso, con esposa y cuatro hijos, Bayer debió acogerse al refugio político en Alemania, donde vivió ocho años.
Ahora, a sus 83 años, la sociedad argentina reconoce a Bayer como un historiador cabal. ¨Yo tengo la sensación de que al final de cuentas los vencimos -explica- porque todos los dirigentes fusilados: Font, Arguelles, tienen su estatua en la Patagonia y en las tumbas masivas hay un mausoleo y una cruz que señalan lo ocurrido. Mientras que de los militares represores no hay ni siquiera una placa que los recuerde¨. Sólo resta, el monumento a las valientes chicas de La Catalana, en cuyo viejo edificio casi un siglo después funciona algo parecido, aunque con otro nombre y maquillado de discoteca.

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